Hace un par de semanas, el 9 de junio, se inauguró en el Museo Thyssen de Madrid una exposición dedicada a Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 – Madrid 1664). Abierta hasta el 13 de septiembre pretende ser una importante muestra y actualización del arte del pintor extremeño al que no se le había rendido semejante tributo desde la exposición que se le dedicó en 1988 en el Prado.

El título de la muestra es muy gráfico. “Zurbarán: Una nueva mirada”. La muestra pretende actualizar conocimientos y revisar algunas cuestiones relacionadas con el artista. Especialmente en lo tocante a su taller, muy activo, y con una gran relación comercial con el Nuevo Mundo.

¿Qué tiene que ver el Thyssen con Asturias?

El vínculo es que, con motivo de la muestra, el Museo de Bellas Artes de Asturias (Oviedo) presta el extraordinario Cristo muerto en la Cruz, obra seguramente realizada en el último lustro de los años 30 del siglo XVII y destinada a las Américas (una obra de las llamadas “coloniales”). Zurbarán trabaja bastante la iconografía del Crucificado. Y, sin duda ninguna, el del Museo de Bellas Artes de Asturias es uno de los siete Crucificados de mayor calidad del maestro extremeño y, seguramente, el más desconocido. Ingresó en la colección formando parte de las 410 obras que la familia Masaveu dio al Estado en concepto de dación por pago de impuestos en 1994.

El Museo del Prado posee casi treinta zurbaranes. De ellos hay dos que responden a la  iconografía del crucificado: El Cristo crucificado con donante (1640) y San Lucas como pintor, ante Cristo en la Cruz (entre 1630 y 1635). El Museo Thyssen tiene uno de hacia 1630: Cristo en la cruz donde Jesús está todavía vivo. Actualmente el Museo de Bellas Artes de Sevilla tiene cinco obras con esta iconografía pintadas por el maestro enteramente o en colaboración con sus discípulos.

Por ser de mano directa de Zurbarán destacan dos de ellos, pintados en la época del que tenemos en Asturias. Uno Jesús crucificado expirante y el otro, titulado Cristo crucificado (fig. 1) que es el que más similitudes ofrece con el del Museo de Bellas Artes de Asturias. Por último cabe reseñar el primero en cronología que es una de las joyas del Art Institute of Chicago: Cristo en la cruz, de 1627, que formó parte del encargo de 21 cuadros que los dominicos de San Pablo de Sevilla hicieron al maestro.

Museo_de_Bellas_Artes_de_Asturias._ZurbaránEl Cristo muerto en la Cruz perteneciente al Museo de Bellas Artes de Asturias (fig. 2) se encuadra en la etapa probablemente más sobresaliente del maestro extremeño, la década de los 30 del siglo XVII. Época de plena efervescencia de Zurbarán y su taller en la todopoderosa Sevilla.

Cristo muerto en la Cruz. Para saborearlo de frente

Es recomendable empezar a saborearlo de frente y desde cierta distancia. ¿Por qué? Porque adquiere “tintes” escultóricos.

A medida que uno de acerca al cuadro es cuando cae en la cuenta que es una pintura. Es un efecto del que ya dejó constancia Palomino cuando habla del Cristo en la cruz de los dominicos de San Pablo ya que estaba tras una reja y con una luz en penumbra. La gente no caía en la cuenta de que era una pintura hasta acercarse a la obra.

La sensación la consigue Zurbarán mediante dos técnicas: primero un prodigioso dibujo, base del estupendo estudio anatómico de Jesús, que arma y construye un cuerpo “cuasi” tridimensional y, segundo, un extraordinario estudio de luz. El foco lumínico se sitúa a la izquierda modulando con matices imposibles las sombras. El gran Caravaggio asoma aquí.

Había muerto en 1610 y su sombra, nunca mejor dicho, es muy alargada durante el siglo XVII. El secreto no es el contraste de luz y oscuridad como se cree. El secreto es cómo conseguir las estupendas gradaciones entre esos dos extremos. Los matices de las sombras, lo que hay entre luz y oscuridad: la sutileza de la penumbra. Conseguirlo es patrimonio de los “grandes”. Es lo que se llamaría luego tenebrismo y se considera a Caravaggio su padre. Aquí Zurbarán también lo consigue. Al mismo tiempo nada nos distrae y el Crucificado se nos muestra con fondo neutro. Parece sobresalir del mismo.

Esos infinitos matices lumínicos también afectan, lógicamente, a una de las especialidades del maestro extremeño: el tratamiento de los paños. La texturalidad de sus tejidos no tiene parangón en el XVII. En el escaso margen de maniobra del paño de pureza de Cristo aprovecha al máximo el mínimo espacio disponible creando una complejidad evidente al deslizar un poco el paño hacia la izquierda de Jesús y dejando una abertura en el muslo derecho con caída del tejido. Es suficiente para establecer un juego soberbio de matices de sombras, de luz y de texturalidad.

Museo_de_Bellas_Artes_de_Asturias._Calvario_(Durero)

Fig. 3. Calvario (Durero). British Museum, Londres (ca. 1523)

Zurbarán acude en Sevilla con asiduidad al taller de Francisco Pacheco para completar su formación. Pacheco será el suegro de Velázquez. Allí le conocerá, como también conoce a muchos de los que serán grandes pintores en el XVII. Alonso Cano, por ejemplo. Pacheco inculcaba a sus discípulos el hecho de que los crucificados fuesen de cuatro clavos y con piernas paralelas, no con los pies cruzados. Entre otras cosas porque de esta manera se pinta también el “reposapiés” o suppedaneum y permite así a los pintores trabajar mejor el escorzo de los pies.

De todas formas, al margen del este aspecto técnico, conviene recordar que ese mismo modelo de Crucificado había sido trabajado por Durero el siglo anterior y se había popularizado muchísimo. Actualmente hay una estampa de hacia 1523 conservada en el British Museum que, muy probablemente, Pacheco conocía (fig. 3).

En la parte superior de la cruz podemos apreciar la cartela con la inscripción “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”, en hebreo, latín y griego.

¿Por qué Zurbarán es uno de los grandes de la pintura española?

Porque, al margen de la altísima calidad técnica de su pintura, la obra de Zurbarán respira paz y tranquilidad por todos sus poros. Da igual que el pintor trabaje escenas religiosas, naturalezas silenciosas (más acertado que “muertas”) o escenas históricas. Quizá haya sido el maestro que mejor haya pintado algo tan intangible como el Silencio en el Siglo de Oro español.

El Silencio en mayúsculas. Contemplar sus cuadros invita al ensimismamiento. Transmite e invita a un silencio interior muy humano que no cambia con el paso de los siglos pero que quizá estamos olvidando. Es, tal vez, el pintor que ha conseguido detener el tiempo en sus pinturas. Por eso, sin duda ninguna, siempre serán eternas.

David Estévez Villalón Guía Oficial de Asturias 39
www.guiasturisticosasturias.com


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