“Entre el humo y la máquina de escribir que seguía utilizando”.
Así lo recuerda desde pequeña una de sus hijas, Isabel.

Ignacio Ruiz de la Peña. Fotografía: Mario Rojas, El Comercio
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, Nacho, nos dejaba hace unos días. Destilaba sabiduría entre el humo, los libros y su máquina de escribir.
Con alma de Quijote y el cuerpo y la agudeza de Sancho, Nacho “desfizo” muchos entuertos de la Historia de Asturias. Hurgó en ella y se convirtió en uno de sus faros. Especialmente de la época medieval tradicionalmente considerada como “época oscura”. Habría que discutir mucho sobre esa “oscuridad”. Su obra sobre las polas, el altomedievo y la Monarquía Asturiana, el fenómeno del peregrinaje y un largo etcétera son hoy una referencia ineludible si se quiere saber algo más de esta Asturias nuestra. Su curiosidad insaciable, sobre todo en lo que concernía a esta tierra, siempre fue proverbial. En la teoría y en la práctica. Y sentó cátedra.
Asturias le debe mucho. Le debemos mucho. Nos ha ayudado a conocernos a nosotros mismos. Y Asturias no sería la que es sin él.
Nacho era un titán de la palabra y del papel. Un humanista en el amplio sentido de la palabra. Y como tal, transversal y con el talento de hilvanar las cuentas del collar fascinante de la Historia de Asturias: Derecho, Historia, Filosofía, Literatura…
Admiraba a Alfonso II. Por eso fue para APIT Asturias doblemente gratificante el concederle el Premio APIT Asturias Rey Casto 2014. Cuando tuve la obligación y el placer de comunicarle telefónicamente el premio representando a la gran familia de APIT Asturias, me comentó al otro lado del teléfono: “¿Yo?, ¿Pero qué he hecho yo?” Sería largo explicar sus méritos. Entre nosotros había habido una unanimidad esclarecedora: Era, es y seguirá siendo uno de nuestros guías.
No pudo recoger el premio ya que se encontraba en delicado estado de salud y vino una de sus hijas a recogerlo: Isabel.
La frase de Cicerón que condensa el Premio APIT Asturias Rey Casto es la siguiente: “No basta adquirir sabiduría, es necesario saber utilizarla”. Pocas veces habrá encajado tan bien en una persona. Y es que Nacho era un sabio. Un sabio maestro. Consideraba ordinario lo extraordinario. Y aplicó dos máximas que cada uno de nosotros debería de aplicar en todos los ámbitos de la vida: “Trata a la gente como quieres que te traten a ti” e “intenta ser siempre el mejor, pero nunca te creas el mejor”. Condensado en dos palabras: Generosidad y humildad.
Muere el hombre pero perdura su obra como guía. Enorme, rigurosa, coherente, transversal, integradora y completísima.
Muere la persona, el catedrático, pero pervive y pervivirá su humanismo. Imborrable. Eterno.
Gracias maestro.