Por David Estévez – GT nº 39

En la siguiente sala son mayoría los maestros del arco mediterráneo. Domina Anglada i Camarasa en cada una de sus etapas. “Campesinos de Gandía” te atrae irremediablemente por su homenaje a Velázquez y su potente colorido. Pero están los Joaquim Mir, Ramón Casas (¡qué estudio de luz!), Manuel Benedito… Con permiso de algunos pintores del arco atlántico como el ferrolano Álvarez de Sotomayor o nuestro Fermín Arango.

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Hermen Anglada i Camarasa. Campesinos en Gandia (1909). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Antes de subir a la primera planta nos fijamos que en la de más abajo tenemos expuesto el gran “Tríptico de Prometeo” del asturiano José Ramón Zaragoza. Consecuencia de su pensión en Roma, es fácil ver cómo interpreta a Miguel Ángel, al fauve y a Van Gogh de una manera muy personal. Luego cambiaría… En este espacio inferior, donde se halla el salón de actos, hay una sala para exponer la obra escultórica del malogrado José María Navascués. Madera que vibra. Madera que vive. Madera que muere.

Ya en el primer piso tenemos a nuestra izquierda el espacio dominado por los dos mejores pintores asturianos de la primera mitad del siglo XX: Evaristo Valle y su innato dibujo-caricatura y su personalísimo tratamiento del óleo (yo lo llamo óleo acuarelado) y el completísimo Nicanor Piñole y su manera pausada de entender la pintura. Ambos gijoneses, ambos contemporáneos. Tan iguales y tan distintos. Valle autodidacta, nervioso e irónico. Piñole académico, analítico y de carácter más apacible. Asturias rezuma en la obra de los dos.

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Nicanor Piñole. Recogiendo la manzana (1922). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

A nuestra derecha más pintores avanzando ya el XX asturiano. Los daños de nuestra Catedral asoman en Francisco Casariego o en la obra del polifacético Joaquín Vaquero Palacios. Mariano Moré y los mineros, los campesinos de Paulino Vicente en “Andecha” son sólo más ejemplos de una Asturias que se movía entre las formas de vida tradicionales y la creciente industrialización. Temas a los que se prestará especial atención no sólo en las artes plásticas, sino también en la literatura. La sala contigua está destinada a Aurelio Suárez. Su gran imaginación desborda su obra llena de referencias al Bosco, a los Brueghel (a Peter “El Viejo” sobre todo, el fundador de toda una saga de artistas) y a Dalí, entre otros. Esa imaginación sólo era comparable a su carácter metódico. Supo conjugar ambos de forma excepcional. Se aconseja “jugar” con sus cuadros pero el fondo que tienen todos ellos es demoledor. Tras la inmersión en el “aurelianismo”, como se ha llegado a llamar, accedemos al espacio dedicado al ovetense-parisino Luis Fernández. El artesano y eremita por definición de la pintura española del XX. La anamorfosis sin título expuesta esconde, como todas, sorpresas. Quietud, surrealismo, masonería y gran parte de la historia de la pintura española se ocultan en sus obras. Picasso llegó a decir de él que para conocer la auténtica pintura había que conocer su obra. La afirmación no es gratuita.

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Luis Fernández. Rose avec une bougie (1973). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Un poco tocados, seguimos por la planta y nos topamos, entre otros, con nombres como Zabaleta, Ponce de León, Solana y su manera “negra” de entender la pintura. Esa negrura le acompañó hasta su muerte que es cuando el pintor madrileño fue reconocido… Seguimos y, hacia el final de la sala, brilla el uruguayo Torres García y la geometrización de la realidad junto con la santanderina María Blanchard y su bodegón cubista. Vanguardia entre las vanguardias en el XX, el cubismo dinamitará la forma de entender el arte occidental de 500 años. Ese cubismo se asoma, junto con otras vanguardias y el siglo XVI y XVII español, en el “Mosquetero con espada y amorcillo” de Picasso. Al voraz maestro malagueño le quedaban apenas cuatro años de su longeva vida. Pasando por Alberto Sánchez, más escultor que pintor, tenemos una gran litografía de Miró donde el artista catalán pinta a una buscadora de ostras como excusa para presentar la esencialidad más pura de su lenguaje. No son palabras. Es de noche: Basta pintar una estrella. Vuela un pájaro. No hace falta pintarlo: queda su rastro… Frente al Picasso se encuentra la “Metamorfosis de ángeles en mariposa” de Dalí. Soberbio. Como el pintor. Ambiguo en su significado que ofrece varias lecturas. Ambiguo en los personajes representados. Ambiguo en su contemplación. Ambigüedad pura: ese era Dalí.

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Salvador Dalí. Metamorfosis de ángeles en mariposa (1973). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Subimos a la segunda planta. La protagonista es la obra más contemporánea tanto de Asturias como del resto de España. Son artistas consagrados ya. Algunos, desgraciadamente, ya fallecidos. La primera sala presenta a artistas directamente vinculados a Asturias como Miguel Galano y su autorretrato; Melquiades Álvarez y uno de sus paisajes balsámicos; el hoy cotizadísimo Pelayo Ortega; la escultura de Fernando Alba (su “Abismo” tiene sorpresa); las obras, también escultóricas de, quizá, los dos mejores escultores del XX en Asturias: Amador Montaña y César Montaña; Ricardo Mojardín (su “Descendimiento” no tiene desperdicio); Bernando Sanjurjo y la expresión más pura que existe hoy en Asturias de pintura-pintura; el alarido desgarrado de “Una guerra civil” de Jaime Herrero; el movimiento imposible de “Laminado” de Alejandro Mieres; los fantasmas tan particulares de Orlando Pelayo; las perspectivas tan singulares de Carlos Sierra; la explosión de color y de libertad de Eduardo Úrculo

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Alejandro Mieres. Laminación (1992). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Entramos en la segunda sala casi por inercia y la mirada inquietante de «La maga Circe» de Luis Rodríguez Vigil despluma de manera muy personal el políptico de Soledad Córdoba perteneciente a su serie “Ingrávida”.

Mientras Pablo Maojo colorea el espacio Carlos Coronas dibuja el espacio. Ya en la tercera sala el siempre rebelde Equipo Crónica te da la bienvenida y te prepara cuando accedes al último espacio. Barceló, Broto, Tapiès, Miquel Navarro o Baldeweg, entre muchos,  recogen informalismo matérico y gestual,  abstracción y expresionismo como homenaje al Arte que, poco a poco, se va haciendo más ecléctico, que poco a poco evoluciona a modelos de mestizaje, de absorciones y síntesis. Reflejo, no puede ser de otra manera, del mundo cada vez más global en el que vivimos. Global y fascinante en esos mestizajes. La vida es síntesis de convergencias al igual que el arte es punto de encuentro humano. Indisolublemente van de la mano. Y espacios como el actual Museo de Bellas Artes de Asturias lo demuestra.

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Antoni Tàpies i Puig. Ulls i bandes negres (1998). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

A la salida del museo la lluvia de Asturias, que moja pero no mancha, hace que el día sea gris. No importa. Se sale del museo pensando que el mundo es un lugar mejor. Que hay esperanza para el ser humano cuando es capaz de alcanzar cotas infinitas de belleza y de emoción. Y, gracias al museo, ves los colores en el gris.

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