El maestro regresó justo cuando el gran rey había muerto hacía algo más de un año. Día aciago, el doce de las calendas de abril del año 842. Parecía imposible. Parecía eterno. Más de medio siglo reinando era mucho tiempo. Las campanas de todas las iglesias de la ciudad real, Oviedo, donde el gran rey había nacido y dónde había instalado la corte, tocaron cada mes durante un año. Un año marcado por las luchas por el poder. Tras la muerte de Alfonso, la rama heredera del gran Pelayo había caído a favor de la rama de origen cántabro. Ramiro, hijo de Vermudo I y sobrino del rey Aurelio, empezaba su reinado tras vencer a Nepociano.
El rey había hablado con él. Le conocía. Procedían de la misma tierra e incluso habían jugado juntos en su infancia ya que el padre del maestro había sido médico. Ramiro le hablaba de su deseo de ser un gran guerrero. A él le fascinaban las estructuras, las construcciones. La piedra y el árbol, pero sobre todo la piedra. Jugaron mucho antes de que nadie se pudiese imaginar que Ramiro llegaría a ser, algún día, rey. El rey Ramiro I. Eso también acrecentaba la vanidad del monarca que nunca destacó por su modestia y humildad como bien recordaba él, el maestro de obra.

Había viajado mucho. En su tierra cántabra aprendió su oficio. Había sido uno de los pocos maestros de obra que habían empezado como picapedrero. Luego maestro de la piedra. Tenía una especie de sexto sentido para ellas. Las entendía y podía visualizar no sólo cómo querían ser esculpidas sino incluso dónde querían ser colocadas. Sus compañeros trabajaban en la cantera cantando, silbando o en silencio. Él conversaba con la piedra. Siempre lo había hecho. Susurrando. Se había acostumbrado. Para él las piedras tenían huesos y alma. No lo podía explicar. Nunca se lo pudo explicar a su padre quien siempre había albergado la esperanza de que su hijo siguiese con su oficio de médico. Pensó que el duro trabajo iniciado desde la cantera desmotivaría al niño. Nada más lejos de la realidad: le dio alas.
Le gustaban los números. Más bien le apasionaban. Con su maestro había llegado a conocer los secretos de las matemáticas, de las operaciones y de la proporciones. Incluso los trucos de la visión: cómo engañar al ojo. Tuvo la fortuna de poder leer algunas obras que tenía su maestro y que le impactaron. Pitágoras, Platón, Aristóteles y, muy especialmente Vitrubio y su manera de concebir no sólo la Arquitectura sino… todo. Arte y pensamiento. La Armonía era la meta que se marcó en su pensamiento dominado por un único objetivo: llegar a hacer la obra. No una obra. La obra. Esa obra por la que suspira y muere cada artesano, cada maestro de obra y casi nunca conseguida. Y para eso tenía que conocer y dominar la piedra y conocer los secretos de los números. Fusionarlos. Así llegaría a la perfección suma. A la Armonía.

Había conseguido ser maestro de obra tras media vida dedicado a las piedras y a los números. Había realizado casas, puentes y pozos. También había participado en la construcción de algunas murallas. Era insuficiente. Siguiendo los consejos de su maestro había viajado. Y mucho. Había visto lo que se hacía en la Hispania musulmana al sur de las montañas. También algunas construcciones de cuando había corte cristiana en Toledo. Había constatado qué se había hecho en las tierras del gran Imperio de Carlomagno ya fragmentado, en la Britania y en los países del norte, patria de varenos y normandos, grandes navegantes y artesanos de la madera. Los “hombres del fresno” como los llamaban en Germania… Había recorrido la península itálica y había llegado a la que fue capital del mundo occidental durante 500 años: Roma. Y a la cuna de los números, Atenas… Llegó incluso a parte del poderoso imperio cristiano con capital en Bizancio en lucha permanente con los musulmanes como en Hispania… Y más lejos. Había viajado por parte del luminoso norte de África y había llegado a los territorios orientales de la antigua Persia… siempre trabajando como maestro itinerante. Siempre curioso. Siempre activo. Y siempre conversando con las piedras y analizando números. Su buen hacer le había salvado la vida en no pocas ocasiones, especialmente en territorio sasánida.
Sin saberlo había regresado a su tierra en un momento especial. Cuestiones nunca escritas del destino. Su amigo Ramiro era rey. Casi no podían reconocerse tras el tiempo trascurrido. Habían conversado. El recién nombrado monarca le habló de su intención de levantar un complejo palaciego, no en la ciudad, sino en la periferia. Lo suficiente cerca de Oviedo y las construcciones del gran Alfonso. Lo suficiente lejos de Oviedo para que se trasladase la idea de que la monarquía se renovaba y de que algo nuevo llegaba. El lugar elegido era el monte del lugar de Lillo. Accesible, orientado al norte y, por lo tanto, con una buena vista en la ladera del mediodía de la ciudad. Ver y ser visto.
También él vio su oportunidad. Trabajaría con el mismo taller y los mismos artesanos que habían trabajado con el gran rey. Pero Ramiro necesitaba algo nuevo. Él necesitaba algo nuevo. Cuestiones nunca escritas del destino otra vez. La emoción casi no le dejaba pensar. Tuvo que tranquilizarse y no dar varios abrazos al rey. Estaba exultante. Tenía una oportunidad de levantar su obra. La obra. No deseaba otra cosa. Claro que aceptaba. Sólo solicitó dos cosas: primeramente hacerse cargo del esquema de la organización del complejo y, posteriormente, del diseño y de la realización de la iglesia y del palacio, los dos elementos más importantes del conjunto.

Santa María del Naranco
Tardó casi seis años en levantar palacio e iglesia. Lo más complejo con diferencia. Utilizó todos sus conocimientos matemáticos y geométricos, el mundo carolingio, las artes romanas, las ideas y elementos del sur y del norte e incluso de Oriente. Tardó casi seis años en levantar un compendio de arte y sabiduría de diferentes culturas integradas en la Naturaleza del monte. Casi seis años en realizar la obra por la que había nacido. El uso que le daría Ramiro le daba igual. Era el milagro de su vida.

San Miguel de Lillo
Se preguntó por qué no dejar firma en la obra. Se contestó que no hacía falta. Nadie sabría nunca quien había sido su constructor. Pasaría a la historia el nombre del rey como era preceptivo. Pero no le importaba. Estaba en paz consigo mismo. Y -se dijo-, la firma quedaría eternamente en el milagro conseguido del palacio y de la iglesia.
Ese milagro sigue siendo hoy, casi 1200 años después, una conjunción perfecta y esbelta entre escultura, arquitectura y Naturaleza. Sigue siendo pura Armonía con alma de piedra. Esa piedra que habla y que conocía tan pasmosamente bien nuestro desconocido maestro. El fascinante maestro del Naranco. El maestro de Ramiro I. De nombre desconocido pero, sin duda ninguna, el maestro de maestros.
APIT Asturias dedica este texto al Arte de la Monarquía Asturiana y a la declaración, hace treinta años, de seis de sus monumentos como Patrimonio Mundial por la UNESCO.
David Estévez Guía de Turismo de Asturias nº 39
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