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El olivo del peregrino

Se vivía para el buen morir. Veterano de la quinta cruzada, el hombre caminaba con el ocaso al frente y el amanecer a su espalda. Había dejado ya muy atrás Egipto tras el fracaso de la toma de El Cairo hace ya algunos años…Todavía rememoraba cómo el poder que emanaba de Jerusalén le había fascinado. Se sentía. Como los latidos del corazón. Ahora ese corazón era cristiano tras el acuerdo del emperador Federico II. Milagro: Una cruzada, la sexta, sin sangre…

Caminaba acompañado: Cuestión de seguridad. Miró a sus acompañantes. Cuatro nobles franceses, con su media docena de criados y doce soldados. Cinco comerciantes con diferentes acentos y dos monjes, de aspecto desastrado, que repetían continuamente su mensaje de “aliviar el alma”. Todavía no se había acostumbrado a esa nueva orden llamada franciscana y a sus vestimentas grises y marrones. Estaba más habituado a los benedictinos, la orden negra

Con quien se llevaba mejor era con los soldados. Algo normal ya que él era uno de ellos. Se ejercitaban juntos casi a diario: Mantenerse en forma en los caminos era la diferencia entre vivir o morir.

Volvió a tocar la bolsita de cuero que colgaba de su cuello. Lo único que le quedaba de su historia con aquella mujer… “La de los aromas” la llamaban en Jerusalén, porque olía a las plantas con las que trabajaba para curar males del cuerpo e, incluso, del espíritu. La acusaron de bruja, de servidora del mal y de judía. Fueron los monjes negros en un día negro. Se santiguó acordándose de cómo brillaban las tonsuras a la luz del fuego…

Otro fuego, el del ocaso, se veía de frente y seguía caminando hacia Compostela. Sabía que en la ciudad de Oviedo, más allá de las montañas del Norte de la Hispania cristiana, la Catedral custodiaba el Sudario de Cristo. Se decía que había llegado por mar a aquellas costas hace quinientos años dentro de un arca que contenía innumerables maravillas. El arca había sido abierta por el rey de Castilla hacía más de ciento cincuenta años y habían descubierto el Sudario entre otras reliquias. No había que desviarse mucho pero aquellas montañas que habían atravesado casi habían acabado con sus escasas fuerzas. Cerca de Oviedo se consolaba diciéndose que valía la pena. Él nunca había sido de monjes. Pero Dios era otra cosa.

MONSACRO

MONSACRO

 

Desde que había cruzado esas endiabladas montañas sentía dolores punzantes en el pecho. Volvió a acariciar la bolsita del cuello. “¡Ah! Si ella estuviera aquí seguro que sabría cómo aliviarme” – pensó. Y la humedad atroz del ambiente se mezcló con algunas de sus lágrimas.

Cruzaron la muralla de Oviedo por la puerta principal casi a la hora del cierre. El grupo se desperdigó. El hombre encontró enseguida el hospital de peregrinos. Estaba muy cerca de la Catedral y del barrio judío

Tras una espantosa noche los dolores del pecho se agudizaron. De mañana, salió como pudo del hospital para visitar la Catedral. No tenía la espectacularidad de otras que había conocido en sus viajes pero había algo muy antiguo en ella que atraía. Muy cerca del altar mayor se sumó a un grupo de peregrinos que pasaban a la conocida como Capilla de las Reliquias acompañados por dos canónigos. Olía a Historia y a siglos. Pero él estaba acostumbrado. El poco incienso que estaba encendido no ocultaba el hedor. “Aire irrespirable para abrir las puertas del Cielo” – pensó –  sonriendo.

Santiago y San Juan. Cámara Santa

Santiago y San Juan. Cámara Santa

 

Subió con dificultad las escaleras de acceso a la Capilla de las Reliquias. Ahogó un grito al entrar que se unió a los del resto del grupo. Entre las tinieblas y las llamas de los cirios, los apóstoles de los laterales parecían vivos y hablaban entre ellos. Tuvo que cerciorarse de que eran de piedra tocando uno de ellos. No pudo concentrar su vista en el paño de Cristo que señalaban los canónigos ya que dos soberbias cruces parecían encender la estancia indicando el mismo camino de la vida. Cayó de rodillas y rezó como nunca lo había hecho. Oró dirigiéndose a cada apóstol, a las dos cruces y al Sudario que parecía entender sus males. Rezó por “la de los aromas” y por los compañeros caídos en la guerra.

Cruz de la Victoria

Cruz de los Ángeles

 

Salió a respirar algo de aire al claustro acompañado de uno de los dos canónigos que habían estado con él en la Capilla de las Reliquias. Le preguntó de dónde venía. El hombre le dijo que de Jerusalén. Había aprendido que no era bueno dar demasiada información. Entraron en una zona donde se enterraba a los peregrinos, según le dijo el canónigo, muy cerca de la Capilla de las Reliquias. Súbitamente tuvo la premonición de que su camino acabaría allí y casi instantáneamente se desplomó. Ya en el suelo el canónigo intentó incorporarle pero él no tenía fuerzas. Casi no podía hablar ni tenía aire en el pecho. Había visto muchos ojos a lo largo de su vida y los del canónigo tenían algo que invitaba a fiarse de él. Eran grises como el cielo de la ciudad. Se fio. Como pudo, arrancó su bolsita del cuero y se la entregó al canónigo. Susurrando, le dijo que plantase allí mismo, donde se sentía morir, lo que había dentro.

A la mañana siguiente, las campanas catedralicias tocaron a “Peregrino Muerto”. Como era costumbre, parte del Cabildo salió en procesión a buscar el cuerpo del hombre envuelto en sábana franciscana para enterrarlo en el Cementerio de Peregrinos. Sus cuatro monedas se repartieron. Una fue al hospital, otra para el convento de franciscanos y las últimas para la Hidria y la Capilla de las Reliquias.

Esa misma tarde, un canónigo de ojos grises, plantaba al lado del claustro, donde había expirado el hombre, la semilla que contenía su bolsita de cuero. Tras enterrarla rezó una breve plegaria e hizo la señal de la cruz en la tierra.

Olivo del cementerio de peregrinos

Olivo del cementerio de peregrinos

Hoy en ese sitio hay un acebuche, conocido como el Olivo Centenario. Nadie sabe su edad aunque se calcula que tiene entre 600 y 800 años. La tradición dice que fue plantado con una semilla traída por un peregrino de Tierra Santa… Al lado del olivo hay un banco. Allí, si se está atento al viento y al propio árbol, parece que éste habla. De lo humano y de lo divino. De leyendas e historias que ha visto. Y entiendes que la vida es sólo tiempo que se odia o ama y que forja nuestro camino. Y la vida, como la muerte, se entremezcla formando parte de él, de nosotros y de nuestro camino.

APIT Asturias dedica este texto a todos los peregrinos y, muy especialmente a los que realizan los Caminos del Norte declarados, recientemente, Patrimonio Mundial por la UNESCO.

 

Fdo: David Estévez Guía Oficial de Asturias nº 39

 

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