Category Archives: Cultura

Cuatro Xueces, el monte de la encrucijada

Por Denis Soria – GT nº 219

Mientras atravesaba el lago Pirailla un 14 de febrero de 1952, en el borde entre Argentina y Chile, Ernesto Guevara cavilaba sobre la sensación de cruzar una frontera; «un momento parece partido en dos» escribió. Desde una mirada inocente, estas líneas imaginarias son una de tantas escusas que nos inventamos los mayores para hacer el mundo más complicado, pero es cierto que hay algunas que guardan un cierto encanto. Me refiero a fronteras como la que llega a pasar por en medio de la aldea de Riudenore, convirtiendo a algunos vecinos en portugueses y a otros en españoles. Otras, como La Triple Frontera, separa Brasil, Paraguay y Argentina. Pero también encontramos “tetrafinios”, como el turístico Four Corners Monument, en el que convergen las divisorias de Arizona, Colorado, Nuevo México y Utah. Todo ello superpuesto en mitad del territorio de los indios yute, que lógicamente tendrá sus propios límites…

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La Llomba, con el Picu Fariu y Cuatro Xueces. Fotografía: asturiasparadisfrutar.es

En Asturias tenemos también un peculiar tetrafinio interior, La Peña los Cuatro Xueces, donde confluyen los conceyos de Gijón/Xixón, Sariegu, Siero y Villaviciosa. Esta peña forma parte de una pequeña sierra cercana a la costa llamada La Llomba, coronada por las elevaciones del Picu Fariu (737 m), El Cimeru (687 m) o la propia Cuatro Xueces (665 m), entre otros. Ésta es una pieza de un sistema más amplio constituido por los montes de Deva (424 m) y El Llagón (582 m).

El propio Jovellanos escribió sobre la visita que realizó a esta zona en octubre de 1790 a propósito de la «tercera expedición de minas»1, saliendo de Oviedo/Uvieo por la mañana para acabar bajando a comer a Valdesoto «magníficamente» después de una excursión redonda. Hoy una ruta circular de pequeño recorrido (PR-AS118) nos permite seguir en parte los pasos del ilustrado gijonés a lo largo de 13 km (unas 4 horas), siendo un paseo muy recomendable para hacer con amigos o familia.

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El Ḥuín y El Picu’l Sol tienen la misma altura (439 m). Fotografía: Denis Soria

Podemos comenzar en la capilla de La Milagrosa en Riosecu (Caldones), a donde podemos llegar desde Gijón/Xixón por la carretera AS-228 para luego tomar el Camín de Caldones. Desde aquí subiremos hasta el área recreativa de Los Llagos y continuaremos por el Camín de Salientes para adentrarnos poco a poco en un bosque de pinos de Monterrey mientras dejamos tras nuestra una panorámica fascinante de la villa de Gijón/Xixón.

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Subiendo al Paragüezos. Fotografía: Denis Soria

A partir de este punto descubriremos todos los matices del adjetivo “pindio”, por lo menos hasta llegar a Paragüezos (541 m). Se hace un tanto interminable, aunque podemos hacer una parada en el primer mirador, con unas vistas muy guapas a El Monte Fano (con El uín 439 m) y al Picu Carbonera (539 m), ya en Siero. El camino se abre en una gran ería desde donde veremos la erizada de antenas sobre el Picu Fariu, dejando los pinos a mano derecha. No nos llevará mucho tiempo llegar al área recreativa de La Llomba de Siero, lugar perfecto para comer el bocadillo bajo la sombra de… Adivinad. ¡Sí, más pinos!

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Los pinares alóctonos no son bosques, sino cultivos, sin apenas biodiversidad. Fotografía: Denis Soria

Es recomendable bajar un momento hasta el mirador de La Fumarea, con la cantera de Narzana en primer plano, para fotografiar una panorámica impresionante de toda la zona central asturiana; Sariegu, Siero, Noreña, Oviedo/Uvieo… y por supuesto toda la Cordillera Cantábrica, de la que podremos reconocer montes como L’Aramo, Penubina o incluso los célebres Picos de Europa.

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Picos de Europa, imponentes desde La Fumarea. Fotografía: Denis Soria

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Vista de Oviedo/Uvieo, Siero y Noreña. Fotografía: Denis Soria.

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Hacia el Picu Fariu. Fotografía: Denis Soria.

Reanudamos la ruta hacia el Picu Fariu (737 m), que consta de dos cumbres (La Cima y La Cimera), aunque tendremos que buscar su vértice geodésico entre un bosque de antenas. Bajando por el encanto de un camino entallado entre la alambrada de los pastos de La Campa Cima y la soledad de los sitios altos las vistas son privilegiadas, pudiendo observar el norte de los conceyos de Villaviciosa y Gijón/Xixón, con el puerto de El Musel, que desde aquí parece de juguete… Y qué decir de El Sueve, sublime, porque parece que está a un paso. Cuesta abandonar el lugar.

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Por La Campa Cima, ente Sariegu y Siero. Fotografía: Denis Soria

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El Sueve, formidable. Fotografía: Denis Soria.

Volvemos al pinar, La Peña los Cuatro Xueces nos da la bienvenida. Su aspecto es el de un área recreativa, con un prado y bancos, pero no pasa desapercibida. La leyenda afirma que antiguamente los jueces o corregidores de los cuatro conceyos mencionados subían en romería hasta aquí para reunirse en la gran mesa de piedra de la peña, una tradición recuperada en 1981. Realmente no hay constancia documental de ninguna asamblea entre alcaldes a lo largo de la historia, por lo que lo más probable es que simplemente sea una analogía que remita a la máxima autoridad de las cuatro circunscripciones. De hecho contamos con un paralelismo en Carreño, donde hallamos La Fonte los Cuatro Cures, situada en el punto de confluencia de cuatro parroquias. Lo que no se discute es que la peña es con diferencia la cota más alta del conceyu de Gijón/Xixón (665 m).

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Llegando a Cuatro Xueces. Fotografía: Denis Soria.

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Junto a la mesa de los xueces. Fotografía: Denis Soria.

Pero la cosa tiene miga y es que Cuatro Xueces pudo servir de frontera no solo para el mundo los vivos. Hay quien especula acerca de que la mesa de piedra pudiera corresponder a la cubierta de un dolmen, de ser así conectaría con los campos tumulares de los montes de El Llagón y Deva, espacios que sirvieron a lo largo de los milenios como marcadores de territorio. Por el contrario, es importante tener en cuenta que la parroquia gijonesa donde nos encontramos, Valdornón (derivado de Valderranón o Valle de Ranón), perteneció a Siero hasta el siglo XIII aproximadamente, por lo que la peña no siempre hizo de frontera (por lo menos con Gijón/Xixón).2

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El Valle de Pión. Fotografía: Denis Soria

Dejando la peña atrás, el camino ofrece una vista espléndida sobre’l Valle de Pión hasta el viaducto del Ríu España, en Villaviciosa, magnífico. El resto de la bajada hasta Riosecu está colmada de cultivos de pinos de Monterrey (pinus radiata), resultado de las repoblaciones del ICONA. A favor de esta especie invasora diremos que fue gracias a los trabajos de construcción de un vivero en los años 70 que se hallaron un par de hachas prehistóricas en El Llagón.3

En lo referente a otras especies silvícolas destaca la presencia de abetos de Douglas (pseudotsuga menziesii) y eucaliptos (eucaliptus globulus), pues la vegetación original se reduce a unos pocos robles, sauces o alisos despistados y a algún que otro acebo (ilex aquifolium).

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Repoblación reciente de pino de Monterrey. Fotografía: Denis Soria

El descenso cruel concluye en un lavadero de Valdornón. No es muy vistoso, es de cemento y no tiene un ápice de piedra o de madera, pero la presencia de renacuajos y tritones demuestra que su agua está libre de contaminación. Que no quede sin mencionar el simpático letrero prohibiendo lavar el coche bajo sanción de 25.000 pesetas. No te la juegues, por favor, que a ver dónde las encuentras ahora.

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Lavadero de Valdornón, precioso, de cemento. Fotografía: Denis Soria.

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Tritón alpino, una de las dos subespecies asturianas. Fotografía: Denis Soria.

El resto del camino, hasta el final, es un paseo bucólico por el Valle de Riosecu, donde podemos abstraernos contempando la calma de los hórreos, las caserías y las vacas pacer. Cuesta creer que siga siendo Gijón/Xixón…

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Valle de Riosecu. Fotografía: Denis Soria

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Casa y hórreo con corredor. Fotografía: Denis Soria.

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Valdornón. Fotografía: Denis Soria.

Referencias

  1. Caso González, J. M.; Bernardo Canga Meana, C., 2006, “Jovellanos y la naturaleza”. Fundación Foro Jovellanos: 185. URL: https://books.google.es/books?id…
  2. D’Andrés, R. “Diccionariu Toponímicu del Conceyu de Xixón”. Ayuntamientu de Xixón: 203. URL: http://canales.elcomercio.es/extras/documentos/diccionarioasturiano.pdf
  3. Friera Suárez, F.; “Dos hachas pulimentadas procedentes de El Llagón”. URL: http://www.fundacioncardin.es…

Museo de Bellas Artes de Asturias, unas pinceladas (parte III)

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Por David Estévez – GT nº 39

En la siguiente sala son mayoría los maestros del arco mediterráneo. Domina Anglada i Camarasa en cada una de sus etapas. “Campesinos de Gandía” te atrae irremediablemente por su homenaje a Velázquez y su potente colorido. Pero están los Joaquim Mir, Ramón Casas (¡qué estudio de luz!), Manuel Benedito… Con permiso de algunos pintores del arco atlántico como el ferrolano Álvarez de Sotomayor o nuestro Fermín Arango.

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Hermen Anglada i Camarasa. Campesinos en Gandia (1909). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Antes de subir a la primera planta nos fijamos que en la de más abajo tenemos expuesto el gran “Tríptico de Prometeo” del asturiano José Ramón Zaragoza. Consecuencia de su pensión en Roma, es fácil ver cómo interpreta a Miguel Ángel, al fauve y a Van Gogh de una manera muy personal. Luego cambiaría… En este espacio inferior, donde se halla el salón de actos, hay una sala para exponer la obra escultórica del malogrado José María Navascués. Madera que vibra. Madera que vive. Madera que muere.

Ya en el primer piso tenemos a nuestra izquierda el espacio dominado por los dos mejores pintores asturianos de la primera mitad del siglo XX: Evaristo Valle y su innato dibujo-caricatura y su personalísimo tratamiento del óleo (yo lo llamo óleo acuarelado) y el completísimo Nicanor Piñole y su manera pausada de entender la pintura. Ambos gijoneses, ambos contemporáneos. Tan iguales y tan distintos. Valle autodidacta, nervioso e irónico. Piñole académico, analítico y de carácter más apacible. Asturias rezuma en la obra de los dos.

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Nicanor Piñole. Recogiendo la manzana (1922). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

A nuestra derecha más pintores avanzando ya el XX asturiano. Los daños de nuestra Catedral asoman en Francisco Casariego o en la obra del polifacético Joaquín Vaquero Palacios. Mariano Moré y los mineros, los campesinos de Paulino Vicente en “Andecha” son sólo más ejemplos de una Asturias que se movía entre las formas de vida tradicionales y la creciente industrialización. Temas a los que se prestará especial atención no sólo en las artes plásticas, sino también en la literatura. La sala contigua está destinada a Aurelio Suárez. Su gran imaginación desborda su obra llena de referencias al Bosco, a los Brueghel (a Peter “El Viejo” sobre todo, el fundador de toda una saga de artistas) y a Dalí, entre otros. Esa imaginación sólo era comparable a su carácter metódico. Supo conjugar ambos de forma excepcional. Se aconseja “jugar” con sus cuadros pero el fondo que tienen todos ellos es demoledor. Tras la inmersión en el “aurelianismo”, como se ha llegado a llamar, accedemos al espacio dedicado al ovetense-parisino Luis Fernández. El artesano y eremita por definición de la pintura española del XX. La anamorfosis sin título expuesta esconde, como todas, sorpresas. Quietud, surrealismo, masonería y gran parte de la historia de la pintura española se ocultan en sus obras. Picasso llegó a decir de él que para conocer la auténtica pintura había que conocer su obra. La afirmación no es gratuita.

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Luis Fernández. Rose avec une bougie (1973). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Un poco tocados, seguimos por la planta y nos topamos, entre otros, con nombres como Zabaleta, Ponce de León, Solana y su manera “negra” de entender la pintura. Esa negrura le acompañó hasta su muerte que es cuando el pintor madrileño fue reconocido… Seguimos y, hacia el final de la sala, brilla el uruguayo Torres García y la geometrización de la realidad junto con la santanderina María Blanchard y su bodegón cubista. Vanguardia entre las vanguardias en el XX, el cubismo dinamitará la forma de entender el arte occidental de 500 años. Ese cubismo se asoma, junto con otras vanguardias y el siglo XVI y XVII español, en el “Mosquetero con espada y amorcillo” de Picasso. Al voraz maestro malagueño le quedaban apenas cuatro años de su longeva vida. Pasando por Alberto Sánchez, más escultor que pintor, tenemos una gran litografía de Miró donde el artista catalán pinta a una buscadora de ostras como excusa para presentar la esencialidad más pura de su lenguaje. No son palabras. Es de noche: Basta pintar una estrella. Vuela un pájaro. No hace falta pintarlo: queda su rastro… Frente al Picasso se encuentra la “Metamorfosis de ángeles en mariposa” de Dalí. Soberbio. Como el pintor. Ambiguo en su significado que ofrece varias lecturas. Ambiguo en los personajes representados. Ambiguo en su contemplación. Ambigüedad pura: ese era Dalí.

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Salvador Dalí. Metamorfosis de ángeles en mariposa (1973). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Subimos a la segunda planta. La protagonista es la obra más contemporánea tanto de Asturias como del resto de España. Son artistas consagrados ya. Algunos, desgraciadamente, ya fallecidos. La primera sala presenta a artistas directamente vinculados a Asturias como Miguel Galano y su autorretrato; Melquiades Álvarez y uno de sus paisajes balsámicos; el hoy cotizadísimo Pelayo Ortega; la escultura de Fernando Alba (su “Abismo” tiene sorpresa); las obras, también escultóricas de, quizá, los dos mejores escultores del XX en Asturias: Amador Montaña y César Montaña; Ricardo Mojardín (su “Descendimiento” no tiene desperdicio); Bernando Sanjurjo y la expresión más pura que existe hoy en Asturias de pintura-pintura; el alarido desgarrado de “Una guerra civil” de Jaime Herrero; el movimiento imposible de “Laminado” de Alejandro Mieres; los fantasmas tan particulares de Orlando Pelayo; las perspectivas tan singulares de Carlos Sierra; la explosión de color y de libertad de Eduardo Úrculo

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Alejandro Mieres. Laminación (1992). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Entramos en la segunda sala casi por inercia y la mirada inquietante de “La maga Circe” de Luis Rodríguez Vigil despluma de manera muy personal el políptico de Soledad Córdoba perteneciente a su serie “Ingrávida”.

Mientras Pablo Maojo colorea el espacio Carlos Coronas dibuja el espacio. Ya en la tercera sala el siempre rebelde Equipo Crónica te da la bienvenida y te prepara cuando accedes al último espacio. Barceló, Broto, Tapiès, Miquel Navarro o Baldeweg, entre muchos,  recogen informalismo matérico y gestual,  abstracción y expresionismo como homenaje al Arte que, poco a poco, se va haciendo más ecléctico, que poco a poco evoluciona a modelos de mestizaje, de absorciones y síntesis. Reflejo, no puede ser de otra manera, del mundo cada vez más global en el que vivimos. Global y fascinante en esos mestizajes. La vida es síntesis de convergencias al igual que el arte es punto de encuentro humano. Indisolublemente van de la mano. Y espacios como el actual Museo de Bellas Artes de Asturias lo demuestra.

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Antoni Tàpies i Puig. Ulls i bandes negres (1998). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

A la salida del museo la lluvia de Asturias, que moja pero no mancha, hace que el día sea gris. No importa. Se sale del museo pensando que el mundo es un lugar mejor. Que hay esperanza para el ser humano cuando es capaz de alcanzar cotas infinitas de belleza y de emoción. Y, gracias al museo, ves los colores en el gris.

Un sabio llamado Nacho

Por David Estévez – GT nº 39

“Entre el humo y la máquina de escribir que seguía utilizando”.

Así lo recuerda desde pequeña una de sus hijas, Isabel.

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Ignacio Ruiz de la Peña. Fotografía: Mario Rojas, El Comercio

Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, Nacho, nos dejaba hace unos días. Destilaba sabiduría entre el humo, los libros y su máquina de escribir.

Con alma de Quijote y el cuerpo y la agudeza de Sancho, Nacho “desfizo” muchos entuertos de la Historia de Asturias. Hurgó en ella y se convirtió en uno de sus faros. Especialmente de la época medieval tradicionalmente considerada como “época oscura”. Habría que discutir mucho sobre esa “oscuridad”. Su obra sobre las polas, el altomedievo y la Monarquía Asturiana, el fenómeno del peregrinaje y un largo etcétera son hoy una referencia ineludible si se quiere saber algo más de esta Asturias nuestra. Su curiosidad insaciable, sobre todo en lo que concernía a esta tierra, siempre fue proverbial. En la teoría y en la práctica. Y sentó cátedra.

Asturias le debe mucho. Le debemos mucho. Nos ha ayudado a conocernos a nosotros mismos. Y Asturias no sería la que es sin él.

Nacho era un titán de la palabra y del papel. Un humanista en el amplio sentido de la palabra. Y como tal, transversal y con el talento de hilvanar las cuentas del collar fascinante de la Historia de Asturias: Derecho, Historia, Filosofía, Literatura…

Admiraba a Alfonso II. Por eso fue para APIT Asturias doblemente gratificante el concederle el Premio APIT Asturias Rey Casto 2014. Cuando tuve la obligación y el placer de comunicarle telefónicamente el premio representando a la gran familia de APIT Asturias, me comentó al otro lado del teléfono: “¿Yo?, ¿Pero qué he hecho yo?” Sería largo explicar sus méritos. Entre nosotros había habido una unanimidad esclarecedora: Era, es y seguirá siendo uno de nuestros guías.

No pudo recoger el premio ya que se encontraba en delicado estado de salud y vino una de sus hijas a recogerlo: Isabel.

La frase de Cicerón que condensa el Premio APIT Asturias Rey Casto es la siguiente: “No basta adquirir sabiduría, es necesario saber utilizarla”. Pocas veces habrá encajado tan bien en una persona. Y es que Nacho era un sabio. Un sabio maestro. Consideraba ordinario lo extraordinario. Y aplicó dos máximas que cada uno de nosotros debería de aplicar en todos los ámbitos de la vida: “Trata a la gente como quieres que te traten a ti” e “intenta ser siempre el mejor, pero nunca te creas el mejor”. Condensado en dos palabras: Generosidad y humildad.

Muere el hombre pero perdura su obra como guía. Enorme, rigurosa, coherente, transversal, integradora y completísima.

Muere la persona, el catedrático, pero pervive y pervivirá su humanismo. Imborrable. Eterno.

Gracias maestro.

Museo de Bellas Artes de Asturias, unas pinceladas (parte II)

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Por David Estévez – GT nº 39

Saliendo de la sala a la parte central (solana incluida) vemos que se dedica a cuadros de gran formato ya entrando en el XIX. Uno de los Sorolla del Museo de Bellas Artes, ambientado en País Vasco, absorbe la atención. También destaca el pintor asturiano Ventura Álvarez Sala en sus temas marineros o “de tierra” pero siempre con su atención especial al costumbrismo. Augusto Junquera y su obra ambientada en un asilo obliga a reflexionar…y sonreír. También sonríes con la ternura pura que asoma en el cuadro del pintor noruego Carl Frithjof Smith que tiene de marco el jardín de un hospital y donde se aprecia su especialidad que era el retrato. Y sigues sonriendo cuando entras en la sala del XIX. Carlos Luis de Ribera, el formidable Federico Madrazo (también más allá está Raimundo), Jenaro Pérez Villaamil con su vista de Covadonga y de San Juan de Amandi, Carlos de Haes y sus panorámicas de los Picos, Martín Rico (otra vez Covadonga), Esquivel y su primorosa Niña tocando el tambor, Cortellini, Ulpiano Checa, Casado del Alisal, Martínez Cubells y ese particular historicismo romántico muy de la época… Larga es la lista de artistas. Destaca, y no sólo por su tamaño, John Phillip y su “La temprana edad de Murillo” que resume la fascinación del XVII español en el mundo anglosajón pasado por el tamiz romántico del XIX. Un primor de pintura inspirada en la Sevilla del Siglo de Oro.

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John Phillip. La carrera temprana de Murillo (1865). Imagen: Patrick Allan-Fraser

Ya casi en Oviedo-Portal, la última sala está cargada de nombres de los que dominan los mediterráneos.  Aureliano Beruete y sus particulares paisajes, el nervioso Ignacio Pinazo (su “Baco niño” recordando a su hijo sigue iluminando los ojos), el luminista Eliseo Meifrén que evoluciona a impresionista y del que destaca su “Esperando la pesca”, Cecilio Pla y su expectante “Perro en un rincón” de deshecha pincelada  o  el pintor vasco Díaz Olano y su bucólico “Agosto” lleno de luz. Muy correcto y con una innegable habilidad técnica pero que no innova porque la pintura se encamina hacia otros derroteros…

La Casa de los Oviedo-Portal se centra en la pintura asturiana del siglo XIX. Dionisio Fierro, quien proyecta una sombra impresionante en la segunda mitad de ese siglo, domina la primera sala tanto en sus retratos como en obras costumbristas como la Romería Gallega. Los dos primeros directores de la Escuela de San Salvador de Oviedo, Vicente Arbiol con la primera pintura de San Miguel de Lillo y  una visita de Picos, y Ramón Romea con sus paisajes románticos de “la Mañana” y “la Tarde”, acompañan al pintor de La Ballota (Cudillero) que también está presente en la sala contigua con su espectacular marina ambientada en Ribadeo. No le sobra compañía en estos espacios intercomunicados entre sí: Ignacio León y Escosura y su “Romería asturiana” (la primera del Principado) llena de detalles; Luis Álvarez Catalá con sus paisajes y escenas costumbristas de los que destaca “El Filandón”, cuadro pequeño en tamaño pero enorme en su técnica y documentación, Eduardo Casielles y esa ovetense “Plaza de la Balesquida” hoy desaparecida; uno de los hermanos Fernández Cuevas, Antonio, y sus “Escuelas del Naranco” actualmente Centro de Interpretación del Prerrománico asturiano…

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Luis Álvarez Catalá. Filandón en Monasterio de Hermo (1886). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias.

Son sólo algunos ejemplos. Otro hermano Fernández Cuevas, Telésforo, espera, con su obra más conocida, “el bodegón de Lastres”, en la galería frente a “La Ponte’l Viñao” de Nemesio Lavilla. Pasamos por ellos mientras accedemos al espacio dedicado al dibujo y al grabado. La luz se vuelve tenue dada la delicadeza de las obras expuestas. Románticas y realistas destacan, en la primera salita, los dibujos de José Robles y su primorosa anciana; Villaamil con su vista de la Catedral de Asturias; Frasinelli y el Santuario de Covadonga; la conocida imagen de Santa María del Naranco de José María Avrial; el escocés David Roberts y su “Atardecer en Carmona”; Adrien Dauzats y su “Portada isabelina con personaje”… En el espacio dedicado a los grabados brillan los nombres de Piranesi (por fin expuestos los Piranesi del museo) y algunos de los Caprichos de Goya. El tórculo de Adolfo Álvarez Folgueras del centro de la sala se sonroja: No puede estar mejor acompañado.

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Vista general de la sala 12. Fotografía: Pedro Pardo.

Bajando al primer piso de Oviedo-Portal, tenemos, primero, la sala dedicada a fotografía donde Charles Clifford nos muestra imágens de mediados del siglo XIX de nuestra Catedral y de San Miguel de Lillo amén de encontrarnos con dos sorpresas relacionadas con el peso de la emigración asturiana a ultramar. Las dos de principios del siglo XX. Contigua tenemos una sala dedicada a las artes industriales. Las fábricas de La Asturiana y San Claudio llevan la voz cantante junto con algunos de los primeros ejemplos de Sargadelos. Uno de los azulejos de esas calles del Oviedo del XVIII se expone como recuerdo de una época que no volverá. Premonitoriamente se dibuja un 2 en azul cobalto. Dos y dos: En la Vetusta clariniana todavía se conservan otros cuatro… ¡Qué frágil es la memoria!

Las otras tres estancias siguen mostrándonos la potencia del XIX asturiano. A los ya comentados sigue la saga avilesina de los Soria, Luis Menéndez Pidal (su Lazarillo no tiene desperdicio), Juan Martínez Abades y parte de sus conocidas marinas cantábricas, Ignacio Suárez de los Llanos: probablemente su retrato de Anselmo Cifuentes sea de lo mejor del XIX asturiano; José Uría y Uría con lo poliédrico de su obra: retratista, costumbrista y… denuncia ya que bajando, en la planta-calle, su formidable “Después de una huelga” es demoledora. Huele a muerte aquí, acompañada como está del cuadro “la cuna vacía” y de  “Pobre hijo mío” de Luis Menéndez Pidal y de Juan Martínez Abades, respectivamente. Podemos huir de tanto dolor en la pequeña estancia donde se muestra ejemplos de vidrio y cerámica con protagonismo de los hacedores de La Asturiana: Luis Tristán, Mariano Suárez Pola y Anselmo Cifuentes. También se muestra una estantería dedicada a la cerámica de Faro con esa páxara que, se ha demostrado, enlaza con iconografía persa. Ni más ni menos.

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José Uría y Uría. Después de una huelga (1895). Imagen: Museo del Prado

Desde aquí abajo se accede al nuevo edificio del museo donde ingresamos en las colecciones del XX español y asturiano con alguna pieza de finales del XIX. Antes de ello, nos tropezamos con los restos arqueológicos de la Fonte de la Rúa pendiente de certeza absoluta en su datación pero que enlaza con modelos romanos. Curiosa paradoja: De lo más antiguo de Oviedo ubicado en lo más contemporáneo del museo.

Al lado de la recepción se halla Andrés Vidau y su personal “Alegoría de Asturias” mal llamada retablo por parte de algunos: Un friso en toda regla. Accedemos a la sala de Sorolla y nos ilumina ese luminismo que le dio gran fama. También cardó la lana el pintor valenciano: “La elaboración de la uva seca” en Xàbia, Alicante, destaca entre las obras expuestas. En la siguiente sala nos esperan los espectaculares Regoyos. Paisajes, escenas tétricas y su autorretrato (pintado en una tabla aprovechada también del reverso), el único de una colección pública, te cambia la mente. El choque Sorolla-Regoyos surte efecto reflejando esa España un tanto perdida del 1900. Blanca y negra se ha dicho. Casi lo repite la humanidad de Romero de Torres y su cuadro “A la Amiga”. Obra cargada de significados y que esconde una soledad brutal en su interior.

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Joaquín Sorolla. Corriendo por la playa (1908). Imagen: Museo de Bellas Artes de Asturias

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